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¿Cómo influyen nuestros estilos de apego en las relaciones de pareja?

Llamamos vínculo de apego a aquella relación que se establece entre los niños y sus cuidadores, ya sean estos madres o padres biológicos, adoptivos o de acogida, y que se basa en una trasmisión de cuidado, seguridad, incondicionalidad, amor y admiración auténticos hacia ese niño.

Hace poco escuché una frase maravillosa en relación con este concepto: “Todo niño necesita a alguien que se enamore de él”, y así es. Quizá para que nos enamoremos de adultos sea necesario que previamente alguien se enamorara de nosotros cuando éramos niños.

Los niños aprenden quienes son a través de sus cuidadores y de cómo estos le tratan, hablan, miran y sienten.

Esta relación tan importante y significativa comienza en los primeros años de vida. En el caso de personas adoptadas es diferente, ya que los inicios pueden ser mucho más complejos.

Me gustaría comentar brevemente los diferentes estilos de apego que podemos desarrollar a partir de los cuidados recibidos:

Una persona con un apego más bien seguro y estable se caracteriza por estar regulada emocionalmente. Suelen ser adultos que sienten seguros con ellos mismos y en las relaciones con los demás, incluidas las relaciones de intimidad. También podrán identificar quién les hace daño y tenderán a alejarse de esas personas.

Las personas con un apego más inseguro con tendencia evitativa, pueden ser más rígidas en el afecto, tenderán a alejarse de la intimidad ya que no se sienten cómodas en ella. No suelen reconocer aquello que les gusta o desean y si lo hace pueden incluso sentir rechazo, quizá les hace sentirse vulnerables en exceso.

Aquellos que han experimentado un apego inseguro de carácter ansioso-ambivalente suelen moverse entre la seguridad y la inseguridad en las relaciones, pero esos cambios les desregulan mucho ya que muchos no llegan a entender por qué les sucede. La figura de apego ha sido inconsistente: “a veces te doy cariño, te veo, te siento y otras veces, sin motivo aparente, te rechazo.”. Es posible que además hayan tenido madres o padres con bastantes miedos por lo que no han podido transmitir una seguridad a sus hijos.

Y por último tenemos a las personas que tienen tendencia a un modelo de apego desorganizado. Es posible que hayan tenido experiencias traumáticas tempranas durante un largo periodo de tiempo. Como por ejemplo figuras de apego negligentes, abandonos, entornos violentos, etc. Para ellos el vínculo con los demás es peligroso por lo que las relaciones con los otros pueden vivirse también desde el miedo.

¿Y en qué tienen que ver el apego y nuestras futuras relaciones de pareja?

Es en la adolescencia y la adultez cuando comenzamos a tener las primeras relaciones de pareja. Según Patricia Crittendern “Existe una relación directa entre las estrategias de apego que se adquieren en la infancia y la selección de pareja en la adolescencia y en la edad adulta”.

La base de nuestra identidad se construye durante los primeros años de vida. Como hemos dicho antes, la relación que nuestras figuras de apego establezcan con nosotros es fundamental para el desarrollo de la idea interna de quienes somos. A esto también se le llama “Modelos operativos internos” los cuales contienen los recuerdos, creencias, objetivos y estrategias creados en función de las experiencias del pasado (Botella, 2005).

Cuando se llega a la edad de emparejarse, uno se presenta tal y como le gustaría ser, pero el compromiso se realiza con lo que se es, con el estilo afectivo que nos es propio y con nuestra historia pasada (B. Cyrulnik).

A la hora de relacionarnos con un otro surgen preguntas o reflexiones que nos hacemos internamente, de forma consciente o inconsciente, como, por ejemplo, ¿me podrán amar?, ¿le atraeré a alguien?, ¿qué tengo que hacer para que me quieran?, ¿merezco que se porten bien conmigo?, ¿por qué le gustaré a esta persona?, ¿me abandonará?

Si no ha habido una base de buenos tratos y un vínculo más o menos estable y seguro será difícil afrontar estas preguntas.

La persona acude a sus sensaciones, recuerdos y a su memoria implícita (más inconsciente) y no encuentra momentos en los que haya sido cuidado y amado, momentos en los que alguien le haya mirado con admiración. Pero sí encuentra sensaciones de abandono, de no haber sido bien tratado, de soledad etc.

Esto es más común en las personas adoptadas, el llamado trauma de abandono está presente en mayor o menor medida en la historia de cada una.  La clave reside en si lo tenemos identificado como tal y si sabemos que esta experiencia condiciona ciertos momentos de nuestra vida.

Esto puede sonar muy dramático y pesimista pero no lo es. Todo aquello que podemos identificar se hace más manejable e incluso predecible, y eso nos da control sobre ello.

Y no podemos olvidar que los vínculos ayudan a sanar.

Los padres, un amigo, un profesor, un familiar o una pareja pueden ser figuras reparadoras, es decir, personas con las que se establece un vínculo más o menos seguro y estable, y gracias al reconocimiento, al cuidado y al afecto nos ayudan a que podamos sentirnos seguros, amados y regulados emocionalmente.

Y ¿por qué nos emparejamos?

Cada uno de los que estáis leyendo, seguramente responderéis a la pregunta de distinta manera; Existen tantos modelos de pareja y motivos para estar en pareja como parejas existen en el mundo. Cada pareja es única.

Soy consciente de que esto es muy amplio e incluso difuso pero la pareja es un universo en sí mismo. Es cierto que nos ayuda conocer cómo fueron nuestros primeros vínculos y las tendencias o estrategias que podemos desarrollar a la hora de formar una futura pareja.

Quizá para las personas adoptadas el estar en pareja hace que se activen todos nuestros disparadores relacionados con nuestra historia de abandono, pero a mí me gusta pensar no hay nada definido de antemano, ¿y si nos cruzamos con una persona (o varias) que nos acompaña, nos ayuda a sanar y juntos podemos redefinir nuestra manera de vincularnos?

A la pareja se aporta la historia de cada uno, es cierto, pero la relación es la combinación de ambas, cómo soy con ese otro, cómo ese otro es conmigo y cómo somos juntos.

Estar y sentirse acompañado es una necesidad humana, somos seres sociales y no podemos no serlo.     Las parejas son sistemas vivos que aprenden, se desarrollan, que atraviesan crisis y cambian, en definitiva: que crecen.

Ya no me apetece… ¿Qué hago?

A lo largo de este tiempo como sexóloga bastantes amigas y amigos se han acercado sigilosamente a mi con esta pregunta: Leticia mira, no sé que me pasa últimamente pero no me apetece tener sexo con mi pareja… ¿qué puedo hacer?.

Y yo siempre respondo con otra pregunta: Pero, ¿qué es lo que no te apetece? Pues ¡tener sexo!responden casi siempre. Para no meternos en este post en demasiado berenjenales léxicos yo les hablo de encuentros eróticos ya que ”tener sexo” es otra cosa muy distinta de la que ya hablaremos otro día.

En realidad, mi pregunta se dirige a que parte o partes de esos encuentros eróticos no les apetecen, ya que dentro de ellos hay una infinidad de prácticas y juegos que a lo mejor si le apetecen, el problema es que hablamos de un ”todo”.

Es básico empezar a desmigarlo, hablar de que es lo que no apetece y lo que si. ¿Apetecen besos?, ¿apetecen caricias?, ¿apetece tocar el cuerpo de tu pareja?, ¿apetece masturbar o que te masturbe? Así, siguiendo este hilo se podrá tener una visión diferente de lo que puede ser un encuentro erótico y cuáles son las partes de éste que si le apetecen y cuales no.

Comúnmente cuando se habla de no tener ganas de tener sexo, se habla de coito, el no me apetece suele ser un ”no me apetece penetración” tanto en ellas como en ellos. Si hablamos de la penetración como una práctica más dentro del abanico de posibilidades que hay en un encuentro erótico parece que le damos un tono distinto, ¿no?.